jueves, 16 de enero de 2014

PENSAR CON EDUCACIÓN. LOS PILARES PARA CONSTRUIR UN SISTEMA DE CALIDAD

Es posible que no todo el mundo esté de acuerdo con las ideas que se expresan a continuación. Desde luego, aquellos que apuestan por los resultados en educación como la vía fundamental para provocar el esfuerzo, el tesón y la eficacia, elementos éstos que conducen, según la teoría conservadora, a la "excelencia".


Se equivocan. O al menos, la investigación internacional, la objetiva, la que intenta estar libre de prejuicios políticos, así lo constata. Me refiero a la investigación educativa.

Cabe plantear un marco de reflexión en dos líneas. Por un lado, si estamos haciendo lo correcto en cuanto al modelo de evaluación del aprendizaje; la segunda cuestión, no menos fundamental, estriba en analizar qué entendemos -o podemos entender- por excelencia en educación.

Respecto a la primera. Consideremos un país dividido, un país que mira hacia una estructura de clases, sociales, económicas, laborales y, por tanto, también educativas. Una sociedad con ricos y pobres, con directivos y parados, con dueños y señores, y sirvientes infraconsiderados laborales, entre los seiscientos y pico del salario mínimo y los "mileuristas". Una sociedad con "listos" y "fracasados", esto es, con niños que, supuestamente, son capaces de sacar buenas notas "porque se esfuerzan y progresan por ello" y "los que no lo hacen porque no quieren". 

España está inmersa en un proceso de transformación, ciertamente motivado por la crisis, pero, con ello, quizá corremos el riesgo de dejarnos llevar por el juicio tendencioso que se deriva de la reflexión política de transfondo puramente ideológico. Una sociedad dividida, estratificada, dolida por tanto doblez, es justo lo que no nos gustaría tener, al menos a muchos educadores. 

Los resultados son lo que son. Inevitablemente, el mundo gira en torno a ello. Pero la política nos los filtra con un tamiz cuyo ancho del poro está sujeto a un manejo constante y vergonzante. Parece como si la oportunidad del error fuese un sinónimo de fracaso. Entonces, señores nuestros, la ciencia fracasa, lo hace estrepitósamente, a diario, porque el porcentaje de éxito científico es infimo en relación con el bagaje y el tamaño de la labor investigadora. 

Y sin embargo, lo importante en ciencia, lo importante también en educación, no es el éxito en la realización o el fracaso en la empresa, sino el método. Los educadores hablamos de proceso. Y es que nuestro sistema educativo adolece de las suficientes consideraciones interpretativas que impulsen la mejora del sistema a través de la mejora de los procesos, no de las consecuencias de los resultados. Los niños fracasan en la escuela, en un porcentaje demasiado alto porque la sociedad fracasa en el planteamiento. Y para mayor vergüenza, les hacemos culpables de su propia situación. El Sistema, con mayúsculas, prefiere mirar a las pruebas de evaluación de 6ª o a las reválidas frente a la importancia crucial que tiene la metodología y la didáctica en la educación. No señores, las personas aprenden por sí mismas, y nosotros, los educadores, somos responsables de establecer una mediación, adecuada o no,  en ese proceso. No crean que para que ellos y ellas aprendan matemáticas hay que ser el mejor matemático del mundo. No, es necesario, además - y sobre todo-, ser el mejor didacta del mundo.

Finlandia reconoció hace ahora una década, que éste era el camino. Es cierto que no el único, miren el ejemplo de Corea. Sin embargo, no cabe duda de que tanto en un sistema como en otro, la individualización de la enseñanza, junto con la preocupación por que cultura y educación formen un tandem inseparable, consitutyen un principio inviolable del diseño educativo de un sistema público. 

La idea de excelencia, sólo puede comprenderse desde ahí, desde la excelencia de un sistema, no de una persona. Las personas son excelentes por naturaleza, no se engañen. Todos los niños lo son. todos los líderes, tanto los "buenos" como los dictadores, fueron niños buenos, cuando eran pequeños, pero algunos se corrompieron o se echaron a perder, siempre, en sistemas mediocres, faltos de creatividad, impotentes o incapaces de reflexionar de manera ordenada y, sobre todo, unida. 

Señores políticos, como profesional de la educación, como experto en esta parcela pequeñita que es la formación de maestros, los futuros vigilantes reales del futuro de la sociedad, porque educarán a los líderes y dictadores del mañana, les pido que reflexionen sobre la importancia del papel del maestro en la sociedad. La relevancia estratégica para un país. La necesidad de mimarles, de considerarles, de velar por su prestigio y reconocimiento social, de remunerar su esfuerzo convenientemene -verán como no sólo diferencian los mamíferos de los ovíparos sino que serán capaces de crear esquemas
conceptuales de representación que faciliten la asimilación significativa de los aprendices-.

Y sobre todo, sean ustedes capaces de actuar por consenso, de unirse de una vez en la estrategia, de dejar de mirar "a ver quien la tiene más distante" para pensar en el bien de lo público de verdad, el que no conoce de tendencias, ni de ideologías, ni de tintes partidistas, sino que tiene una esencia universal. Esto, precisamente esto, representa la Universidad. Tienen ustedes no solo dos años por delante para tirar por tierra una contrareforma absolutamente mediocre. Tienen por delante veinticinco años, toda una generación. Ésa sociedad necesita una Ley de Educación consensuada y estable. Yo formo parte de ella.

Javier Herrero-Martín Phd.



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